El Maquillaje en el Barroco Español

17/09/2017

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El uso de cosméticos no es, ni mucho menos, una invención de nuestro tiempo. Desde épocas remotas, la búsqueda del embellecimiento ha sido una constante, y en la España de la Edad Moderna, el maquillaje alcanzó una presencia sorprendente en el atavío femenino.

El proceso de arreglo personal de una dama barroca era una tarea larga y compleja, que se desarrollaba en una estancia específica de la casa conocida como el tocador. Este término, que originalmente designaba un gorro para dormir, evolucionó, por influencia francesa, para nombrar la habitación donde se realizaban todas las preparaciones antes de acostarse y al despertar. Era el espacio íntimo donde las mujeres se acicalaban con diversos productos, llamados en España mudas, afeites o aliños.

¿Cómo era el maquillaje en el Barroco?
El maquillaje no solo poseía ese uso decorativo si no que era significado y símbolo de estatus, belleza y salud. El rostro blanco y pálido era sinónimo de nobleza y aristocracia, de las clases mas altas dentro de la pirámide social. Para colorear la cara se estendía una espesa capa blanquecina.

Dentro de esta estancia, podíamos imaginar un ambiente dedicado a la belleza. Los afeites se disponían cuidadosamente en distintos recipientes, extendidos sobre una mesa vestida, es decir, cubierta con un mantel o tapete elegante. En el centro, un pequeño espejo era indispensable. Su marco reflejaba la posición social, variando desde ébano de Indias o madera teñida hasta materiales preciosos como la plata. Numerosas pinturas flamencas y francesas de los siglos XVII y XVIII nos han legado detalladas representaciones visuales de estos tocadores.

El ideal de belleza femenino de la época barroca se centraba en una piel blanca inmaculada y un cabello rubio. Para lograr esta tez pálida, tan deseada en España, era común recurrir al solimán, un cosmético cuyos preparados a base de mercurio, aunque efectivos para aclarar la piel, entrañaban serios riesgos para la salud. Para el cabello, se empleaban lejías, más o menos diluidas, con el fin de conseguir tonalidades más claras.

Sin embargo, si hubo un producto que definió el maquillaje barroco, ese fue el colorete. Constituía la base fundamental de cualquier arreglo. En España, era especialmente popular el llamado «color de Granada». Se vendía en hojas de papel que, para su correcta conservación, se guardaban en pequeñas tazas denominadas salserillas. La aplicación del colorete no era un detalle menor; de hecho, en cortes como la de Versalles, se llevaba de manera muy exagerada, pintando llamativos círculos de rojo intenso en las mejillas. Hacia finales del siglo XVIII, en Francia, se estima que se vendían hasta dos millones de envases de colorete al año, en presentaciones tanto secas como líquidas, lo que da una idea de su enorme popularidad y la magnitud del negocio de la belleza.

La moda del colorete en España también alcanzó extremos que sorprendieron a los visitantes extranjeros. Referencias literarias del siglo XVII describen cómo las damas no solo lo aplicaban en la cara, sino también en el cuello y los hombros. La condesa d’Aulnoy, en su Viaje a España de 1679, dejó constancia de su perplejidad ante el abuso de este afeite por parte de las españolas, comentando que jamás había visto cangrejos cocidos de un color tan hermoso. Una dama española le confesó a Madame d’Aulnoy que se maquillaba así simplemente por seguir la moda, a pesar de que no le agradaba particularmente; argumentaba que, al ser una costumbre tan extendida, era imposible prescindir de él, ya que sin maquillaje, y por muy buenos colores naturales que tuviera, parecería «pálida como una enferma» comparada con las damas que sí usaban afeites.

Además del solimán y el colorete, otros productos completaban el arsenal de belleza. Las cejas se perfilaban y pintaban utilizando alcohol y una piedra mineral de color negro. Para dar color a los labios, se recurría al arrebol. Y para mantener las manos no solo blancas, sino también hidratadas, se elaboraba una pasta especial. Esta pasta, conocida como sebillo debido a su color blanco, se preparaba a base de ingredientes como almendras, mostaza y miel.

Los ingredientes empleados en la fabricación de estos cosméticos eran variados. Muchos eran naturales y de fácil acceso, como huevos, limas, almendras, limones, raíces de lirio, pasas y miel. Sin embargo, también se utilizaban productos más exóticos, algunos con una larga tradición en la farmacopea desde la Edad Media o antes, como la algalia (una sustancia pegajosa y de fuerte olor obtenida de la civeta) y el almizcle (una sustancia untuosa segregada por algunos mamíferos, como el ciervo almizclero). La presencia de minerales era notable, siendo el azufre uno de los más extendidos.

Lamentablemente, no todos estos componentes eran inocuos. El blanco para el rostro podía contener precipitados de bismuto o de plomo. Para el colorete, se empleaban minerales como el minio, el plomo, el azufre o el mercurio, a menudo calcinados al horno. Estos preparados, debido a su toxicidad, no solo alteraban la piel con el uso continuado, sino que también podían provocar fuertes dolores de cabeza y, lo que es más alarmante, dañar la vista de quien los usaba.

¿Cómo se pintaba en el Barroco?
I.- La Pintura en el Barroco La expresión artística se caracteriza por sus formas atractivas y su temática exclusivamente religiosa. En estas obras se crean ilusiones de espacio, contrastes de color, de luz y sombras, diversos artificios visuales que atrapan la mirada y la sensibilidad del espectador.

La popularidad del maquillaje, y en particular su uso intensivo, no estuvo exenta de críticas. Los moralistas de la época levantaron airadas voces no solo contra el «abuso» de estos productos, sino también porque consideraban que el maquillaje era intrínsecamente un engaño. En la literatura del Siglo de Oro, el reproche a la mujer que se embellecía artificialmente era un tópico recurrente. Se narraba cómo el hombre, al ver a la dama sin todos sus aditamentos, experimentaba una total decepción.

Ya en la primera mitad del siglo XVI, el franciscano Francisco de Osuna criticaba estas costumbres con un afán moralizante, aunque al mismo tiempo las documentaba con detalle: «En la cabeza ponen una cofia labrada y en los cabellos cintas y rubia color; en los ojos alcohol, y en las cejas mucha orden […]. En toda la cara blanco albayalde, y en los labios y mejillas arrebol». Más adelante, en 1654, Juan de Zabaleta, en su libro El día de fiesta por la mañana, atacaba directamente el uso de cosméticos. Situando la escena en el tocador de una dama, reflexionaba: «Esta mujer no considera que, si Dios gustara que fuera como ella se pinta, Él la hubiera pintado primero. Diole Dios la cara que le convenía y ella se toma la cara que no le conviene». Zabaleta veía el maquillaje no solo como un fraude, sino como una alteración de la obra divina misma. Cuatrocientos años después, su batalla moralizante parece haber sido definitivamente perdida frente a la imparable moda del maquillaje.

El comercio de estos productos era activo y llegaba a distintos estratos sociales. Una escena de la obra teatral La bella malmaridada de Lope de Vega ilustra este punto. Una vieja se presenta en casa de la protagonista con un «tabaque de tocados», una cesta que contenía un amplio surtido de afeites. Aunque inicialmente reticente a mostrar su mercancía ante hombres, por ser «cosas que las mujeres / siempre esconden de los hombres», termina enumerando algunos de los artículos que ofrecía: agua de alcanfor y azucena para dejar la tez «limpia y blanca como un cirio», «untos de gato, culebra y hombre que remoza a quien le usa» (productos con supuestas propiedades rejuvenecedoras), «aceite de cristal [...] para los dientes», «manteca de azahar para el cabello y el pecho», además de los omnipresentes «color de Granada» y solimán.

Incluso la realeza y la alta nobleza se sumaban a esta tendencia. Visitantes como lady Anne Fanshawe y Richard Wynn se sorprendieron al ver que «todas se pintan de blanco y de rojo, desde la reina hasta la mujer del zapatero, viejas y jóvenes». Wynn llegó a decir que «no había ni una mujer que fuera sin pintar; uno creería que llevan más bien caretas que sus propios rostros». Relató cómo vio a la reina Isabel de Borbón y sus damas en el teatro, pintadas «más que las mujeres poco agraciadas», incluso algunas que no tenían más de trece años. Esta descripción refuerza la idea de que el maquillaje no era una práctica discreta, sino una característica visible y extendida de la apariencia femenina en la España barroca.

Los llamados tocadores, en el sentido de cajas de madera, también se pusieron de moda en el Siglo de Oro. Eran lujosos recipientes, a menudo con incrustaciones de plata o pan de oro, divididos en compartimentos y con un espejo integrado en la tapa. Estas cajas servían para guardar tanto joyas como los preciados cosméticos, evidenciando el valor y la importancia que se daba a los instrumentos y productos de belleza.

En resumen, el maquillaje en el Barroco español era una práctica extendida y elaborada, marcada por un ideal de piel blanca y el uso prominente del colorete. Aunque los productos a base de ingredientes naturales convivían con otros altamente tóxicos, la moda se imponía, a pesar de las críticas morales y los riesgos para la salud. El tocador, tanto la habitación como la caja, era el centro de este ritual de embellecimiento, un reflejo de una sociedad donde la apariencia y el seguimiento de las tendencias, incluso las más llamativas, eran fundamentales.

Preguntas Frecuentes sobre el Maquillaje Barroco

¿Cuál era el ideal de belleza principal en el Barroco español?
El ideal de belleza se centraba en tener una piel muy blanca y, si era posible, cabello rubio.

¿Qué productos usaban las mujeres para blanquear su piel?
El producto más mencionado para blanquear el rostro era el solimán, elaborado a base de preparados de mercurio.

¿Qué era la belleza en el Barroco?
El ideal de belleza femenino de aquel entonces era la piel blanca y el cabello rubio, por lo que en España era una práctica relativamente frecuente que las señoras se blanquearan el rostro. Para tal fin se usaba el solimán, un cosmético elaborado a base de preparados de mercurio.

¿Era peligroso el maquillaje en esa época?
Sí, muchos cosméticos contenían ingredientes tóxicos como mercurio, plomo y azufre, que podían causar dolores de cabeza, dañar la piel y afectar la vista.

¿Qué era el colorete y cómo se usaba?
El colorete era la base fundamental del maquillaje. En España se usaba el «color de Granada». Se aplicaba no solo en las mejillas, sino a veces también en el cuello y los hombros, con un efecto a menudo muy notorio y exagerado.

¿Por qué criticaban el uso del maquillaje?
Los moralistas y algunos escritores lo criticaban considerándolo un engaño, una falsificación de la belleza natural otorgada por Dios, y una práctica vanidosa que alteraba la verdadera apariencia de la persona.

¿Qué era el 'tocador' en el contexto del maquillaje barroco?
El término 'tocador' se refería tanto a la habitación específica donde las damas realizaban su ritual de arreglo personal, como a una caja lujosa utilizada para guardar cosméticos y adornos.

¿Se usaban solo ingredientes minerales y tóxicos?
No, también se utilizaban muchos ingredientes naturales como almendras, miel, huevos, limones, etc., junto con productos de origen animal como la algalia y el almizcle.

¿Qué productos se usaban además del blanco y el colorete?
Se pintaban las cejas con alcohol y piedra negra, los labios con arrebol, y se usaba una pasta llamada sebillo para blanquear e hidratar las manos.

¿Cómo percibían los extranjeros el maquillaje en España?
Los visitantes extranjeros, como los ingleses o la condesa d’Aulnoy, a menudo se sorprendían por la cantidad y visibilidad del maquillaje, especialmente por el uso extensivo del blanco y el rojo, aplicados incluso por mujeres jóvenes y de diversas clases sociales.

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