15/06/2018
El maquillaje, esa antigua forma de expresión y realce personal, tiene una historia tan rica y fascinante como la humanidad misma. A lo largo de los siglos, ha evolucionado, adaptándose a los cambios sociales, culturales y tecnológicos. Si echamos un vistazo atrás, tres periodos destacan por sus peculiares y, a menudo, sorprendentes prácticas de belleza: los siglos XVI, XVII y XVIII. Estas épocas vieron nacer tendencias icónicas, el uso de ingredientes insospechados y una evolución que sentaría las bases de la cosmética moderna. Prepárense para un viaje a través del tiempo para descubrir cómo se embellecían nuestros ancestros y qué secretos guardaban sus tocadores.

El Siglo XVI: El Renacimiento y el Culto a la Palidez Noble
El siglo XVI marcó un verdadero resurgir en muchos aspectos de la vida europea, y la belleza no fue una excepción. Fue una época de exploración, de imperios en expansión y de un auge económico que permitió a las clases altas dedicar más tiempo y recursos a su apariencia. España, convertida en superpotencia global, y otras naciones europeas, vieron cómo los estilos en peinados, vestidos y, por supuesto, cosméticos se transformaban.
La cosmética de este siglo se benefició enormemente de los avances en la alquimia, que, aunque hoy la asociamos con la búsqueda del oro, en aquel entonces también se dedicaba a la creación de remedios y el refinamiento de sustancias, incluyendo pigmentos y ungüentos. Es en este contexto que surgen los primeros laboratorios dedicados a la producción de cosméticos y medicinas, como el fundado por los monjes de Santa María Novella. Los primeros tratados sobre cosmética y belleza comenzaron a circular, principalmente desde Francia e Italia, sistematizando conocimientos y recetas.
El ideal de belleza de la época, especialmente entre la nobleza europea, estaba dominado por la blancura de la piel. Una tez pálida no era solo un signo de pureza, sino, crucialmente, un símbolo de estatus y poder. Significaba que no se trabajaba al aire libre, bajo el sol, como la plebe. Para lograr esta palidez deseada, se recurría a maquillajes de base muy cubriente, siendo el más famoso y peligroso el elaborado a base de plomo. Este maquillaje blanco se aplicaba generosamente tanto en el rostro como en el escote, cubriendo cualquier imperfección, incluyendo cicatrices de enfermedades como la viruela, como lo hacía la Reina Isabel I de Inglaterra.
Además de la base blanca, otros elementos definían el look renacentista. Las cejas tendían a ser muy finas y arqueadas, o ligeramente redondeadas. En algunos casos, se depilaban casi por completo para luego redibujarlas. Los ojos se realzaban con kohl negro, delineando la mirada. Para aportar algo de color al rostro pálido, se aplicaba colorete rojo, generalmente concentrado en el centro de las mejillas.
Los labios también recibían atención. Aunque no siempre eran el foco principal, se les daba color. Se utilizaban productos a base de mercurio para colorearlos, una práctica tan peligrosa como el uso del plomo en la base. Una alternativa menos tóxica, utilizada en la corte de Isabel I, eran los pétalos de geranio para dar un tono rojo a los labios. Para el cuidado bucal, se recurría a la salvia para blanquear los dientes.
Personajes influyentes de la época jugaron un papel clave en la difusión de estas tendencias. Catalina de Médici, al casarse con Enrique II, introdujo la moda del maquillaje en la corte francesa. Se decía que dedicaba mucho tiempo a la fabricación de sus propios cosméticos y ungüentos. Su amiga Catalina Galigai llegó a abrir lo que podría considerarse el primer Instituto de Belleza, donde se vendían perfumes exóticos como el neroli y el ámbar.
La sistematización del conocimiento sobre belleza se plasmó en obras escritas, como "Experimentos" de Catalina Sforza (finales del S. XV, pero su influencia perduró), que recopilaba recetas de cosméticos, perfumes y consejos para corregir "defectos" del cuerpo. Este siglo sentó las bases para una industria cosmética incipiente, aunque los productos aún distaban mucho de ser seguros.
En cuanto al cabello, el ideal era el cabello rubio, buscado con ahínco a través de múltiples recetas. El "rubio veneciano" era particularmente codiciado, logrado aplicando mezclas que contenían azafrán y sulfuro sobre el cabello y exponiéndolo al sol. Los peinados se complementaban con tocados excesivamente adornados, y la frente se depilaba para hacerla parecer más amplia, resaltando la palidez del rostro.
Siglos XVII y XVIII: La Era de la Extravagancia Empolvada
Los siglos XVII y XVIII, aunque marcados por periodos de crisis y guerras (como la Guerra de los Treinta Años en el XVII), también fueron testigos de un florecimiento cultural y científico, especialmente en el XVIII, conocido como el "siglo de las luces". La corte francesa, particularmente bajo Luis XIV, impuso una moda de extravagancia y ostentación que influyó en toda Europa.

Esta fue la edad de oro de la cosmética en términos de visibilidad y uso generalizado, no solo entre mujeres sino también entre hombres, especialmente en el siglo XVIII. La obsesión por el maquillaje y los perfumes alcanzó niveles sin precedentes.
La piel pálida seguía siendo el ideal, pero la forma de lograrla y el efecto buscado cambiaron. Se aplicaban densas capas de pintura blanca para el rostro, utilizando polvos menos tóxicos que el plomo, como el polvo de arroz, el talco o la harina. La cara se empolvaba profusamente, creando una blancura artificial casi teatral. Este efecto empolvado se extendía a las pelucas, que se volvieron omnipresentes entre la nobleza masculina a finales del siglo XVII y que las mujeres adoptaron en forma de postizos y peinados de gran tamaño en el XVIII, a menudo también espolvoreados con polvo blanco.
Las cejas continuaban perfilándose, aunque quizás no tan drásticamente finas como en el siglo anterior, manteniendo formas arqueadas o ligeramente redondeadas. La gran diferencia en el maquillaje de ojos radicó en la introducción del color. Además del kohl negro para delinear, se comenzaron a usar sombras en tonos azules y verdes en los párpados, añadiendo un toque de viveza a la mirada.
Los labios se convirtieron en un punto focal importante. Se dibujaban con precisión en forma de corazón utilizando un color rojo oscuro, creando un contraste marcado con la blancura del rostro. Esta forma de labio pequeño y redondeado era muy característica de la época.
Un elemento distintivo y sumamente popular en los siglos XVII y XVIII fueron los lunares. Lejos de ser imperfecciones a ocultar, los lunares (llamados "mouches" en Francia) eran considerados estéticos y se colocaban estratégicamente en el rostro. Podían ser pintados con un lápiz negro o hechos de pequeños trozos de terciopelo o seda. Su ubicación podía incluso tener significados coquetos o políticos, y se utilizaban también para disimular pequeñas marcas o granos. La importancia de los lunares resalta el carácter artificial y deliberado de la belleza buscada en esta era.
Los peinados de los siglos XVII y XVIII se volvieron cada vez más elaborados. A finales del XVII, los hombres adoptaron el uso de pelucas. En el XVIII, las mujeres lucían peinados monumentales, a menudo construidos sobre armazones de alambre y rellenos con postizos, y profusamente empolvados. Los rizos y tirabuzones eran elementos clave de estos peinados.
La obsesión por el perfume continuó, utilizándose no solo por placer, sino también para enmascarar olores corporales en una época donde la higiene no era la prioridad principal para todos.
Contrastes y Continuidades: Un Vistazo Comparativo
Si comparamos los ideales y prácticas de belleza de estos tres siglos, encontramos tanto continuidades como evoluciones fascinantes. La blancura de la piel se mantuvo como un ideal constante, símbolo de estatus, pero los métodos y el efecto cambiaron de una base de plomo más "natural" (dentro de lo tóxico) a un empolvado más artificial y visible. La importancia de la mirada se mantuvo, pero los ojos pasaron de un simple delineado negro a incluir sombras de colores vibrantes. Los labios evolucionaron de un coloreado discreto a una forma definida de corazón en rojo oscuro. Las cejas se mantuvieron finas, aunque su forma exacta pudo variar ligeramente.
La principal diferencia quizás radique en el nivel de extravagancia. Si bien el siglo XVI ya utilizaba productos tóxicos y peinados elaborados, los siglos XVII y XVIII llevaron el artificio al extremo, con rostros cubiertos de polvo, peinados gigantescos y la adición de elementos decorativos como los lunares, haciendo del maquillaje una declaración pública de moda y estatus, a menudo rozando la caricatura para los estándares modernos.

La evolución de la cosmética también es notable. Del nacimiento de los primeros laboratorios y tratados en el XVI, se pasó a una verdadera industria, aunque aún artesanal, en los siglos posteriores, con una mayor variedad de productos disponibles (polvos, coloretes, delineadores, perfumes).
| Característica | Siglo XVI | Siglos XVII y XVIII |
|---|---|---|
| Ideal de Piel | Blancura (símbolo de estatus) | Blancura (símbolo de estatus y moda) |
| Base Principal | Maquillaje a base de plomo | Polvo de arroz, talco, harina |
| Cejas | Finas, arqueadas o redondeadas, a veces depiladas | Perfiladas, finas, formas variadas |
| Ojos | Delineado con kohl negro | Delineado negro, sombras azul y verde |
| Labios | Coloreados (mercurio, pétalos de geranio) | Rojo oscuro, forma de corazón |
| Elemento Distintivo | Énfasis en la palidez natural (dentro de lo posible) | Lunares (mouches), peinados empolvados |
| Tendencia General | Nobleza, pureza, estatus | Extravagancia, artificio, ostentación |
El Legado y las Preguntas Frecuentes
Aunque muchas de las técnicas y productos de estos siglos (especialmente el uso de plomo y mercurio) son justamente considerados peligrosos y han sido abandonados, el deseo de realzar la belleza, el uso de polvos para matificar o blanquear, el delineado de ojos, la aplicación de colorete y labial son prácticas que han perdurado, evolucionando con el tiempo y la tecnología. El interés por ingredientes naturales, mencionado en la corte de Isabel I con la salvia y los pétalos de geranio, también tiene ecos en la cosmética actual.
Veamos algunas preguntas comunes sobre el maquillaje de esta época:
¿Era seguro el maquillaje en los siglos XVI al XVIII?
No, muchos de los productos utilizados eran extremadamente peligrosos. El uso de plomo en las bases blancas y mercurio en los labiales podía causar envenenamiento crónico, daños neurológicos, caída del cabello, deterioro de la piel e incluso la muerte. Las mujeres de la época a menudo sacrificaban su salud por seguir los cánones de belleza.
¿Solo las mujeres usaban maquillaje?
Principalmente mujeres, especialmente de la nobleza o clases altas, ya que el tiempo y el dinero eran necesarios. Sin embargo, en los siglos XVII y XVIII, particularmente en la corte francesa, los hombres también adoptaron el uso de polvos faciales, colorete y pelucas empolvadas como parte de la moda y la ostentación.
¿De dónde obtenían los productos cosméticos?
Los productos se obtenían de diversas fuentes: laboratorios incipientes como el de Santa Maria Novella, boticarios, recetas caseras a partir de ingredientes naturales (plantas, minerales, incluso elementos sorprendentes mencionados en textos antiguos como excrementos de cocodrilo o moscas secas, aunque estos últimos son más asociados a periodos anteriores como la antigua Roma, la idea de recetas caseras perduró) y, con el tiempo, tiendas especializadas como el Instituto de Belleza de Catalina Galigai. La calidad y seguridad variaban enormemente.
¿Qué significaba la piel pálida y por qué era tan deseada?
La piel pálida era el ideal de belleza porque simbolizaba la nobleza, la riqueza y el estatus. Contrastaba con la piel curtida por el sol de quienes trabajaban en el campo o al aire libre. Era una marca visible de no tener que realizar trabajos manuales bajo el sol.
¿Por qué se pusieron de moda los lunares (mouches) en los siglos XVII y XVIII?
Los lunares se volvieron un elemento de moda y coquetería. Se usaban para resaltar la blancura de la piel, añadir un toque de interés al rostro, y a menudo se les atribuían significados según su ubicación. También servían para disimular pequeñas imperfecciones de la piel.
¿Se utilizaban perfumes?
Sí, los perfumes eran muy importantes y populares en estos siglos, tanto para hombres como para mujeres. Se utilizaban fragancias a base de flores (rosa, lavanda, jazmín), almizcle, ámbar y sándalo. Eran un complemento esencial para la apariencia personal.
Conclusión
El viaje por el maquillaje de los siglos XVI, XVII y XVIII nos muestra una evolución fascinante: de la búsqueda de una palidez que denotaba estatus, lograda con métodos peligrosos pero con un look relativamente contenido (siglo XVI), a una explosión de extravagancia y artificio, donde la blancura empolvada, los ojos coloridos, los labios en corazón y los lunares se convirtieron en la norma para la élite (siglos XVII-XVIII). Estas épocas no solo definieron cánones de belleza específicos, sino que también impulsaron el desarrollo de la cosmética como una industria, sentando las bases para las prácticas de belleza que seguirían evolucionando en los siglos posteriores. Aunque los ingredientes han cambiado drásticamente en favor de la seguridad, el deseo humano de embellecerse y expresarse a través del maquillaje sigue siendo tan relevante hoy como lo fue hace quinientos años.
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